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Archive for 11/03/10

Les presento un artículo de Francisco Serradilla, publicado en su blog Libro de Notas del que me enteré por barrapunto.

El gran problema de la innovación

En esta columna hemos elogiado en muchas ocasiones a los procesos de innovación. Hemos hablado de su capacidad transformadora del mundo en que vivimos y de la dificultad de llevarla a cabo en un contexto económico no siempre favorable. Incluso de las limitaciones de la mente humana para crear nuevos conceptos rompedores y en la frecuencia con que se imita o incluso descaradamente se copia en lugar de innovar.

Pero hoy vamos a hablar del conservadurismo. No precisamente del político, sino del conservadurismo personal (aunque algo deberían tener que ver). Este conservadurismo de las personas incide especialmente en el campo de los interfaces de usuario. Podríamos decir que una mejora en ergonomía sobre un interfaz de usuario tiene una probabilidad de éxito inversamente proporcional al tiempo necesario para aprender el nuevo interfaz. Así, es relativamente sencillo pasar de conducir un coche de cambio manual a uno de cambio automático, pero a la inversa es mucho más complicado, como bien saben los norteamericanos que vienen a vivir a Europa. Podría argumentarse que esto sucede porque el cambio automático es más ergonómico que en cambio manual, y seguramente es cierto. Pero, ¿es siempre así?

La distribución de letras en un teclado típico occidental se denomina Qwerty, y recibe este nombre por la concatenación de las seis primeras letras comenzando arriba a la izquierda. Esta distribución no se debe a criterios ergonómicos –es decir, de facilidad para el humano al teclear, ni siquiera de velocidad–. De hecho las primeras máquinas de escribir utilizaban una ordenación alfabética, sin duda mucho más fácil de aprender. El problema era técnico. Con una ordenación alfabética, las varillas de las máquinas de escribir se atascaban al teclear a mucha velocidad.

August Dvorak patentó una nueva distribución de teclado, denominada Dvorak Simplified Keyboard (DSK) en 1936, utilizando para ello un estudio ergonómico que sugería una mayor velocidad de escritura y una mejor distribución de trabajo entre las dos manos, intentando responder a los problemas achacados tradicionalmente al Querty.

Pero una vez desaparece el problema técnico de la impresión con varillas, cuando se popularizan los ordenadores, el teclado Querty se mantiene. ¿Por qué? Es obvio: el esfuerzo de aprender una nueva distribución de teclado es demasiado grande.

Independientemente de si el Dvorak es mejor o no que el Qwerty (el debate sigue abierto, aunque el récord mundial lo tiene una mecanógrafa con usando Dvorak) está claro que una distribución originada en el problema de “que no choquen las varillas” tiene que ser ergonómicamente mejorable. Pero la cuestión es si esa innovación sería aceptada por los usuarios acostumbrados a manejar un Qwerty.

¿Y qué hay de los nuevos usuarios? Todos hemos vivido la penalidad de aprender dónde se encuentran las teclas. Ese esfuerzo de “la primera vez” no es especialmente liviano en el teclado Querty, y sí que lo sería en la configuración alfabética. Incluso en el Dvorak es menor cuando no se sabe ya el Querty. Por eso muchas veces el punto de ruptura tecnológico está en las nuevas generaciones.

Bajo esta óptica podemos analizar muchos fenómenos socio-tecnológicos que parecen sorprendentes a primera vista. Neal Stephenson, en “En el principio fue la línea de comandos” crea una divertidísima analogía entre los sistemas operativos de los ordenadores y diversos tipos de vehículos, y se sorprende que la gente pague por los “monovolúmenes” con los que representa a Windows más que por los “deportivos” de Apple. Pero lo que más le sorprende es que hay una tienda donde regalan tanques ¡y nadie los quiere! Se refiere obviamente a Linux.

Un amigo ha migrado recientemente a Ubuntu y se sorprende de lo sencillo que es y de lo bien que funciona. Pero ha tenido que cambiar muchos conceptos pre-aprendidos, como por ejemplo cómo se instalan nuevos programas. No sale de su asombro al haber descubierto que la instalación típica de un programa en Ubuntu, y en casi cualquier Linux actual, consiste en marcar una casilla indicando que se quiere usar ese programa. El sistema hace el resto, incluso descargárselo de Internet. Más ergonómico, sin duda, pero tardó varios días en comprenderlo. Su mente estaba “deformada” por un procedimiento menos ergonómico, como sucede con el teclado Qwerty. Otra pregunta típica, esta vez de los usuarios que migran a Mac desde Windows, es ¿y cómo se desinstala un programa? Y es que se han acostumbrado al absurdo concepto de “desinstalar”. En Mac un programa se borra, es decir, se tira a la papelera y listo.

Cosas tan triviales y tan arbitrarias como el botón de inicio de Windows, desde el que se ejecutan las aplicaciones, hacen que los usuarios se vean incapaces de encontrar dónde están los programas en otros sistemas, y eso automáticamente genera rechazo. Además nadie admite “no encuentro las cosas”, sino que se inventan mil críticas al nuevo sistema. Seguramente es también lo que hace que los usuarios prefieran KDE a Gnome en Linux: KDE es “más parecido”, de hecho es una copia en lo referente a la ergonomía, del botón de inicio de Windows: así encuentran las cosas con mayor facilidad en un primer contacto con el sistema.

La conclusión es que es muy difícil luchar contra lo que la gente ya conoce, por malo que sea. Así pues, ¿dónde queda la innovación? Creo que en dos lugares: en cierta categoría de usuarios especialmente dados a aprender cosas nuevas (los denominados early adopters tecnológicos) y, sobre todo, en las nuevas generaciones, puesto que tienen que aprender todo desde cero.

Artículo original

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Fuente: Libro de Notas

Nuestros cerebros son como líquidos que se van congelando con la edad. Al principio el movimiento es fácil. Cada molécula puede colocarse en cualquier lugar. El aprendizaje es, por tanto, casi inevitable. Cuando el cerebro se ha congelado ya, somos expertos, hacemos muy bien unas pocas cosas. Pero como dijo Frank Lloyd Wright, “un experto es un hombre que ha dejado de pensar: sabe”. Así que nos acostumbramos a no pensar, y no pensar implica no aprender. Con la edad, cuesta mucho “mover” nuestro cerebro a nuevas configuraciones.

Como docente en Ingeniería Informática me encuentro cada día con el hecho de tener que aprender cosas nuevas, y soy consciente de ese muro de desgana que va creciendo con la edad. Y me rebelo.

Ante la necesidad de reaprender, las personas tenemos –independientemente de que el muro que supone ésto sea más alto para unos que para otros– asumimos dos posibles estrategias: la vergüenza y el atrincheramiento.

La vergüenza nos impulsa, a pesar de la pereza, a reciclarnos. Es la vergüenza a no ser buenos profesionales, a que nuestros estudiantes terminen sabiendo más que nosotros, a acabar siendo una pieza de museo. Y el atrincheramiento nos impulsa a buscar excusas para no aprender: mis conocimientos (obsoletos) son importantísimos y siguen vigentes, son fundamentales desde el punto de vista educativo, a mí me contrataron para hacer esto y no tengo por qué hacer aquello, etc.

No hace falta que explique cuál es el más conveniente para la sociedad, ¿verdad? El problema es que el atrincheramiento es una postura sólida y que en muchos casos se automantiene, amparada además por la condición de funcionario. Por ejemplo, en las universidades se lucha hasta la muerte (casi literal) por mantener en los planes de estudio asignaturas que han perdido su razón de ser pero que son de lo que determinado profesor “sabe”. Naturalmente eso en las facultades de Historia, o de Filosofía, no lastra especialmente al sistema. Seguramente en Ciencia más, pero en realidad tampoco demasiado: ¿cuánto ha cambiado en los últimos treinta años lo que un estudiante de Ciencias Físicas tiene que aprender?

Pero en Ingeniería Informática, los conocimientos de hace treinta años son lo que yo denominaría paleoinformática. Muy bonitos como campo histórico de estudio, pero casi absolutamente inútiles en su mayor parte. Lamentablemente, la paleoinformática se impone con frecuencia en el entorno democrático de la universidad, siempre que entre el profesorado predomine el atrincheramiento a la vergüenza.

Nuestros dirigentes, que entienden la Universidad como un todo, promulgan leyes que miden por el mismo rasero a las Facultades de Física que a las de Ingeniería, y esto provoca algunos sinsentidos. Por ejemplo, según los últimos Reales Decretos, los títulos se envían a la ANECA, donde son evaluados, y para modificar cualquier cosa, como añadir una asignatura o cambiar una competencia, deben volver a reevaluarse. ¡Pero en una titulación de informática debería haber cambios todos los años!

En la década de 1990 dediqué bastante tiempo a aprender un lenguaje de programación enormemente curioso llamado RPL (Reverse Polish Lisp)) que servía para programar las calculadoras científicas de gama alta de HP. Era un lenguaje peculiar, muy divertido, con el que, entre otras cosas, estimé las probabilidades de cualquier posible jugada de Mus, lo que realmente no me hizo jugar mejor, creo. Los abanderados del atrincheramiento dirán que algo cambió en mi cerebro que lo hizo diferente, que comprendió nuevas cosas, que ahora es capaz de adoptar nuevos puntos de vista. Seguramente algo de razón tienen, pero ¿justificaría eso que una supuesta asignatura de programación en RPL siguiera impartiéndose en la actualidad?

Hace muchos años que la calculadora yace abandonada en algún cajón, desplazada por las PDA, primero, por los móviles programables en J2ME, después, y por iPhone y Android en la actualidad.

Creo que todos los ingenieros hemos sido en la infancia grandes aficionados a las construcciones de Lego o similares. De hecho, la ingeniería funciona así, uno apila bloques para dar forma a la solución a un problema. Para mí, uno de los síntomas del atrincheramiento de un docente es la afirmación de que los conocimientos que imparte son fundamentales para “formar el cerebro”, independientemente de la importancia de estos bloques constructivos para el diseño de soluciones.

Pero hay más síntomas. Otro muy típico es denostar una tecnología sin haberla usado, pueden verlo casi a diario en muchos usuarios de Windows que jamás han tocado otro sistema operativo, diciendo: “linux es dificilísimo” o “los Apple son carísimos y tienen muy poco software”.

“No aprender” es una tendencia psicológica muy fuerte, y a cualquiera nos puede seducir. Hay que estar en guardia. Vigilar los síntomas. Y consolarse con que el tiempo dedicado a una tecnología obsoleta debió servir, al menos, para cambiar algo en nuestro cerebro, sin caer en la trampa de defender que hay que seguir enseñando eso. Seguro que hay tecnologías más modernas que cambiarán el cerebro igual o mejor que las antiguas. Y encima, al menos durante un tiempo, serán útiles.

La ciencia es constructiva, de modo que una vez se aprende algo, suele servir para siempre. La tecnología, en cambio, no lo es. Por eso es fascinante. Hay que vivir con ello.

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