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Hay dos clases de vacaciones. Las olvidables y las inolvidables. Lo que nunca imaginé es que unas vacaciones pudieran ser inolvidables por lo olvidables. Pero bueno, para eso está la vida. Para enseñarte cosas.

Mi última licencia anual, en enero, comenzó en modo Unplugged. Nada de noticias, ni horarios, ni agenda, ni teléfonos, ni reloj de pulsera. Es mi manera de cargar baterías y siempre me resulta. Literatura, música y el menor número posible de compromisos.

Pero este año había algo más, algo novedoso y no del todo bienvenido. Un leve catarro.

Sin embargo, con días brillantes y calor a montones, ¿cómo darle importancia a una tosecita de nada? Le resté importancia, como corresponde a alguien que prefiere esperar lo mejor, y me propuse estar bien para cuando terminara el fin de semana.

Pero para el tercer día de mi licencia, es decir, el lunes, la tosecita se había fortificado de forma alarmante, así que, muy a mi pesar, fui a ver un médico de guardia, que me diagnosticó una bronquitis. Ah, pero qué lindo. Con todo, prefirió no tomarme una radiografía, “porque todo suma en términos de radiación”, argumentó, y no parecía ser el mío un cuadro grave.

Ahora, ¿había sido una medida razonable no hacerme la placa? En algo tenía razón, no es un procedimiento inocuo. Pero comparada con otros diagnósticos por Rayos X, la radiografía de tórax es una de las más inofensivas, equivale a sólo 10 días de la radiación que recibimos del medio ambiente. Opuestamente, una tomografía computada equivale a 6 meses. Todo esto lo averigüé en RadiologyInfo.org ( www.radiologyinfo.org/en/pdf/sfty_xray.pdf ) mientras volvía a mi casa en taxi, usando mi smartphone.

Supuse, no obstante, que su decisión había sido acertada.

Mejor no preguntes

Me dediqué a coordinar los remedios para que su ingesta no alterara demasiado mis horas de sueño al tiempo que intentaba convencerme de que todo se arreglaría en unos días. En realidad, necesitaba que se arreglara en unos días, como se verá enseguida.

Por supuesto, no ocurrió así. De hecho, empeoré bastante, y a la semana siguiente estaba sentado en el consultorio de una neumonóloga, que me cambió la medicación y me mandó a hacer un par de radiografías y un análisis de sangre. Por si acaso, también ordenó una reacción de Mantoux.

Como vacaciones, estaban cada vez mejor, ¿no?

Las placas discurrieron, como es normal, sin demasiado diálogo. Pero el técnico del laboratorio que me sacó sangre y me inyectó la tuberculina me pareció accesible, más comunicativo y hasta un poco propedéutico, así que no tuve mejor idea que preguntarle cómo leer los resultados de la Mantoux. Su actitud cambió entonces por completo y, con severidad castrense, me soltó: “Ah, no, eso lo tenemos que interpretar nosotros”.

Como prefería irme, si no curado, lo que parecía imposible, al menos con la tranquilidad de que las radiografías no revelaban nada preocupante, esperé a que estuvieran listas y que la médica pudiera revisarlas. Eso llevó unos 15 minutos, tiempo que invertí en leer en mi smartphone todo lo que encontré sobre cómo interpretar la reacción de Mantoux. No era tan difícil, debo decir.

Las radiografías dieron que estaba todo bien, lo que fue un alivio, pero me fui protestando por la ridícula actitud del técnico. Supongo que nadie entendió por qué yo repetía, al entrar en el ascensor, “es el siglo XXI, muchacho, es el siglo XXI…”

Creo que está demás aclararlo, pero lo haré. Mi intención no era hacer un diagnóstico de la reacción de Mantoux. De bien poco me habría servido, además. Como no soy médico, no tengo matrícula, y como no tengo matrícula no puedo firmar recetas. Todo lo que quería era saber y, después de todo, era mi brazo. Y mis pulmones.

Esta pulsión se llama curiosidad y su ejercicio se basa en un principio que aprendí hace mucho: no hay nada que uno no pueda entender, si le dedica un poco de tiempo. Concedido, algunos asuntos son más enmarañados que otros; la física cuántica, por ejemplo, o traducir a Catulo del latín al alemán. Pero cualquier persona puede entender cualquier cosa. La sola idea de que ciertos asuntos sólo están al alcance de algunas mentes privilegiadas me produce una fuerte reacción alérgica (que fue, precisamente, lo único que salió mal en los análisis, dicho sea de paso). Ni hablemos de la idea, todavía más espeluznante, de que algunos conocimientos pueden ser dañinos para las mentes no preparadas. Somos adultos, por favor. No niños.

Estos conceptos todavía son patrocinados por los que -en plena era de la información- hacen lo imposible por proteger, bloquear, circunscribir o de alguna forma controlar el conocimiento y el libre flujo de la información. Por ejemplo, con la frase: “Ah, no, eso lo tenemos que interpretar nosotros”. Su bloqueo le duró algo así como 3 minutos y medio.

Pronóstico reservado

Actitud opuesta me obsequió la neumonóloga, a Dios gracias. Cuando volví, a la semana siguiente, le dije que había estado mirando los resultados de los análisis de sangre y que había acertado con eso de verificar la inmunoglobulina E; estaba 4 veces más alta de lo normal. En lugar de mirarme con disgusto, como quien se encuentra a un plebeyo husmeando en escrituras secretas u oye a un profano juzgar sus decisiones, la médica se interesó por lo que había encontrado y se puso a revisar los resultados. Todo el tiempo valoró que estuviera informado, y nunca se le pasó por la cabeza que estuviera intentando usurpar su lugar. Debo decir que me sentí mucho más seguro en sus manos.

Con todo y el variado menú de drogas con el que me obsequiaron, la cosa no mejoró. Diré más: cuando el calendario sobrepasó ese difuso pero incuestionable límite en el que las vacaciones se empiezan a terminar, fui cayendo en la cuenta de que iba a pasarme toda la licencia con la dichosa bronquitis. No soy de hacerme problemas por aquello que no controlo, pero daba para amargarse un poco. Además había un pequeño problema. La semana siguiente, la tercera de mis vacaciones, tenía un viaje -tiempo ha planeado, agendado y, por supuesto, anhelado- a los glaciares.

Quiero decir, un glaciar no parece el sitio óptimo para alguien que padece bronquitis. Nunca había tenido fiebre, así que no, ni se me pasó por la cabeza cancelar la travesía. Pero quería saber si sobreviviría. Me planteé el problema y me di cuenta de que lo riesgoso no era caminar sobre hielo -los bronquios no están en los pies-, sino la temperatura del aire en el glaciar.

Como tenía proyectado hacer trekking dentro del Perito Moreno, supuse que el informe del tiempo en El Calafate no me servía; tampoco, si lo encontraba, el de la zona general del glaciar (bien detallado, lo encontré en el excepcional sitio del Instituto de Meteorología de Noruega: www.yr.no/place/Argentina/Santa_Cruz/Perito_Moreno_Glacier~6942216/ ).

Caí en la cuenta de que el único dato confiable provendría de alguien que hubiese medido la temperatura del aire en el corazón del glaciar. El dato apareció en 0,5 segundos por medio de Google. Un PDF del Instituto de Tecnología Kitami de Japón ( http://kitir.lib.kitami-it.ac.jp/dspace/bitstream/10213/1438/1/bgr24_95-.pdf ), también alojado en la Sociedad japonesa de la Nieve y el Hielo ( www.seppyo.org ) y citado en un documento del Museo del Hielo Patagónico Glaciarium ( www.glaciarium.com/mcien/Novedades%20sobre%20Glaciar%20Moreno.pdf ). Sus números me resultaron bastante tranquilizadores. Según lo que habían medido los investigadores, la temperatura del aire que iba a meter dentro de mis castigados bronquios no bajaría de 7°C durante el día en verano, y podía ser de hasta 16°C.

Asunto resuelto, sobreviviré, me dije.

Pero no contaba con que cuando las cosas vienen torcidas, toda solución viene seguida de un nuevo problema. Que fue lo que ocurrió unas 36 horas antes de subirme al avión. Parece ser que exageré con eso de toser, porque un músculo o una costilla o algo en el costado izquierdo de mi tórax hizo ¡ crac ! una noche y casi me desmayo del dolor. Me costaba creer que mis vacaciones estuvieran cayendo tan bajo. Pero así era, y la única táctica razonable, ahora que casi no podía moverme, no digamos toser, era volver al médico. Para entonces era conocido de todas las recepcionistas, los médicos y médicas, técnicos y guardias de seguridad de la clínica.

Tras una inyección intramuscular y unas pastillas que “no debía tomar durante más de cuatro días”, el padecimiento en mis costillas se volvió manejable. “Cuatro días -pensé-, justo el tiempo que necesito para caminar por el glaciar.” No obstante, el prospecto no decía cuatro días, sino diez. Pero supongo que no era un texto destinado al usuario. Por si acaso, y a pesar del sufrimiento que esto me provocó al regreso, respeté las indicaciones del médico. Ser curioso no significa automedicarse, y mucho menos con un opioide.

Ahora venía la parte complicada. El viaje en sí. Me aseguraron que lo mío no era contagioso, aunque podía llevar un barbijo, si eso me hacía sentir mejor, y cuando estaba todo más o menos listo me ubiqué mentalmente en la nave. Ups.

Normalmente no le presto mucha atención a la butaca del avión. Ese es el motivo por el que me han tocado buenas, regulares, malas y desastrosas. Esta vez mi estado no era adecuado para quedar frente a una salida de emergencia, y prefería un lugar que no se sacudiera mucho. Claro, ¿pero acaso podría encontrar en la Red un sitio con información sobre las ventajas y desventajas de los asientos de un cierto modelo de avión en una determinada línea aérea? Oh, claro que sí. Se llama SeatGuru ( www.seatguru.com ).

Prácticas fósiles

La maravilla de los glaciares me hizo olvidar por completo mis cuitas. No era quizá la forma en que me había imaginado mi primer encuentro con el Perito Moreno, pero me encantó trepar como un chico (o como un mono, depende de cómo se lo mire) por las colinas heladas gracias a los crampones de hierro; no soy de hacer mucho ejercicio, lo confieso, ni me siento gimnástico en absoluto, pero esto de trepar por el hielo me resultó como una segunda naturaleza. De no haber sido porque el efecto del analgésico empezaba a agotarse, me hubiera vuelto a subir al gigante blanco de inmediato.

Brindé con whisky al terminar la travesía (a pesar de lo que decía el prospecto del analgésico), le dije adiós y me prometí volver.

Pero volver es imposible

El vuelo de regreso fue tranquilo y, mientras leía los textos que había reunido en esos días sobre las numerosas plantas que me interesaron (el calafate, por ejemplo, un arbusto precioso que estaba repleto de frutos en esos días), reflexioné sobre el control de la información. Había tenido una suerte de revelación cuando me encontré dentro del inmenso y sonoro Perito Moreno. La censura, como los glaciares, será, dentro de 50 o 100 años, sólo un recuerdo de épocas idas.

Me imagino que es una mala noticia para algunos, pero ese mundo en el que era posible ser paternalistas con la información, negarle a la gente común (esto es, usted y yo) el acceso a ciertos datos, no va a volver.

Por supuesto, estoy al tanto de que se están haciendo enormes esfuerzos por mantener las cosas como eran, pero no pueden prosperar. Son tecnológicamente inviables. Estamos comenzando a vivir una realidad casi enteramente diferente que la que existía hasta principios de la década de 1980. Lo verán los historiadores de los siglos por venir. Por ahora, mi mejor consejo es dejar de planear métodos de censura, control y vigilancia de la información. Son una pérdida de tiempo. Y de dinero..

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El título de este post lo tomé de un artículo de La Nación, que lamentablemente es demasiado breve.

En nuestro sentido común actual, las emociones siguen siendo consideradas un posible obstáculo para alcanzar los objetivos deseados, sustentado en el postulado de que somos seres racionales. Pero Humberto Maturana nos brinda un postulado alternativo con otra interpretación: que somos seres emocionales con capacidades racionales, y que éstas acompañan esas emociones para justificar o negar su existencia. Esta nueva interpretación nos abre a nuevas posibilidades para mejorar la calidad de nuestras vidas y capitalizar las inmensas capacidades humanas que desaprovechamos al aplicar aquel viejo sentido común, basado supuestos que han perdido su vigencia.

Prefiero recomendarles entonces un video de Maturana publicado en web de Matriztica que fue elaborado a principios de 2011 por Canal Sur 2 de Antalucía, que recorre rápidamente los lineamientos de su enfoque.

Fuente: La Nación

“Si usted quiere que haya bienestar en su organización, las personas deben tener presencia, ser vistas y escuchadas. Eso no es una metodología, es una disposición sobre cómo uno quiere convivir.” La definición pertenece al chileno Humberto Maturana, doctorado en Biología en la Universidad de Harvard y candidato al Premio Nobel de Medicina y Fisiología en 1958 junto con Jerry Letvin, con quien había registrado por primera vez la actividad de una célula direccional de un órgano sensorial mientras trabajaban en el Massachusetts Institute of Technology (MIT).

Días atrás, el experto de 80 años fue invitado a la Argentina para participar de una actividad para coaches organizada por la consultora Sincro y la Asociación Argentina de Profesionales de Coaching (AAPC). Maturana fue acompañado por el equipo del Instituto Matríztico, laboratorio de reflexión, investigación, acción y colaboración en el ámbito de lo humano nacido de la dinámica relacional y operacional que va de la biología a la cultura y de la cultura a la biología. Maturana cofundó el instituto luego de años de dedicarse a la investigación biológica en neurofisiología y neuroanatomía, y al estudio de la percepción y el entendimiento de la biología del conocer y la biología del amar.

Consultado por LA NACION sobre el lugar que tienen las emociones en las empresas, Maturana aseguró: “La humanidad en general se está dando cuenta de que tiene que tomar en serio su vivir emocional”. Agregó que si los directivos de las organizaciones quieren generar un ambiente de bienestar para trabajar deberán tener en cuenta esa concientización.

Para Maturana, la angustia está relacionada con las expectativas y se suprime eliminando las exigencias. Parece complicado aplicar esa máxima en las organizaciones, pero Maturana aseguró: “Se logra dejando de ser competitivo y entrando en el mundo de la cooperación y la co-inspiración.

“Si quiero que mi mundo sea competitivo estaré lejos de la colaboración, pero si me interesan las personas y el bienestar de un espacio de trabajo, de convivencia en una empresa, no querré ser competitivo”, amplió antes de brindar sus charlas en una sede de la Universidad de Belgrano.

Marilina Esquivel
Para LA NACION

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Fuente: La Nación (Ariel Torres)
Las preguntas simples son las más difíciles de responder. Si te desafían con algo como “¿cuál es el sentido de la vida?”, bueno, podés citar a un montón de gente y divagar un rato. Pero cuando te consultan: “¿Qué me compro, notebook, PC, netbook o tablet?”, eso sí que te pone en aprietos. No obstante, he tenido bastante tiempo de meditarlo. Es de lo que más me han preguntado últimamente.

La respuesta parece engañosamente sencilla y uno tiende a pensar que todo se reduce a un tema de movilidad. Lejos de eso. La única de estas tres que queda afuera en este aspecto es la PC, y ya sabemos que una computadora personal de 11 kilos en el estudio del primer piso puede usarse desde una notebook en el jardín por medio de la red, y desde fuera de la casa, vía Internet.

No obstante, es cierto, podemos decir con bastante justicia que la PC es cero portátil, no sólo para quien tiene que responder mails desde el aeropuerto, no sólo para el que lo hace desde el taxi que lo está llevando al aeropuerto, sino para quien, llevando el concepto de trabajador móvil al mero extremo, envía mensajes mientras aguarda el taxi, de pie en la vereda. Varios se están sintiendo identificados con esto, ¿no? Sí, y una persona en particular sabe que me inspiré en ella para pintar tal retrato.

Pero la portabilidad no es la única variable. Si fuera así, las tablets se llevarían todas las palmas móviles y la PC sería la campeona para todo lo demás. Las notebook y netbooks ya no existirían, y asunto terminado. Como se sabe, la verdad es bien diferente: las tablets están explotando, el mediodía de la netbook se está eclipsando y las PC pasan por su peor momento, comparadas con los otros tres formatos.

Analicemos, pues.

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Fuente: La Nación

Tenía casi seis meses y, por lo tanto, mi conciencia de lo que ocurría alrededor era bastante rudimentaria. Pero a unos 14 kilómetros de allí se ponía en marcha una máquina sobre la que, muchos años después, escribiría este artículo.

Se puede decir, con toda justicia, que Clementina, cuya denominación formal era Mercury, obra de la empresa inglesa Ferranti, fue la primera computadora científica instalada en el país. En su momento fue un instrumento de cálculo ferozmente veloz. En tan sólo 180 microsegundos era capaz de sumar o restar dos números de coma flotante. Volveré sobre estas cifras en un minuto, pero antes déjeme decirle que Clementina fue en realidad, para muchos de nosotros, una máquina del tiempo. Visionarios, Alberto González Domínguez, Manuel Sadosky y Simón Altmann fueron pioneros en situar a la Argentina en un salto al futuro cuyos frutos vivimos hoy como algo cotidiano. Un salto, también, que la historia de nuestro país se ocupó de cercenar.

El 15 de mayo de 1961 Clementina se puso en marcha en el Pabellón I de la Ciudad Universitaria, que por entonces estaba en construcción.

Cincuenta años después, el martes último estuve en el Pabellón I para moderar una charla sobre los desafíos que enfrentan las empresas de tecnología en la Argentina. Fue una experiencia extraordinaria de la que participaron el director del Departamento de Computación de la Facultad de Exactas de la UBA, Sebastián Uchitel, y los ejecutivos Daniel Rabinovich, (MercadoLibre), Osvaldo Torasso (Globant), Mariano Suárez Battan (fundador de Three Melons, hoy en manos de Disney), Diego Alonso (Guía Oleo) y Fabián de la Rúa (Toing y Blaving). Digo extraordinaria porque hubo diálogo, diálogo de verdad y no de sordos, entre dos grupos tradicionalmente separados de la sociedad: los investigadores y los empresarios.

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Esta nota se refiere al suplemento de tecnología de La Nación.

Fuente: La Nacion (Ariel Torres)

Ayer este suplemento cumplió 15 años. Apareció con LA NACION el lunes 22 de abril de 1996 y sé, porque me lo han dicho varias veces, que hay quienes eran niños cuando hojeaban las páginas llenas de novedades de entonces. Hoy siguen encontrando novedades, pero ya son adultos. Esas cosas te conmueven, la verdad sea dicha.

Lo que me preguntaba estos días, anticipándome al aniversario, era a cuánto equivalen en realidad estos 15 años, estos pasados 180 meses. Bueno, suena raro. Después de todo, los años son años y nada más. Cierto. Pero en 365 días de ahora se desarrollan más nuevas tecnologías, materiales y algoritmos que durante todo el período entre la aparición de las primeras flechas de pedernal y la Revolución Industrial. Recuerdo el inmenso mural de decenas de metros de largo y como tres de alto con pequeñas inscripciones en la entrada de uno de los laboratorios de IBM; cuando pregunté qué significaban esas inscripciones, miles de ellas, me respondieron: “Son nuestras patentes”.

De hecho, el consumo de información se ha acelerado de una forma extraordinaria. Una sola edición del domingo de LA NACION contiene más información que la que una persona común de la Edad Media consumía en toda su vida. Esto se exacerba con la tecnología hasta tal punto que cuando me voy una semana a algún lugar sin conexión ya sé que al volver me encontraré con algún descubrimiento, noticia o lanzamiento importante.

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Ariel Torres publicó en el suplemento informático del diario La Nación un excelente artículo titulado “Firefox 4 está en la pista de despegue“.

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Fuente: La Nacion (Ariel Torres)

La privacidad parece ser una víctima natural de los tiempos modernos. Nos han ido convenciendo de eso. Se compra uno la webcam, saca una cuenta de correo electrónico, busca algo en Google y, ¡zas!, ya embargó parte de su anonimato. Súmele las redes sociales, la geolocalización y las fotos satelitales, y la privacidad necesariamente va a desaparecer.

Es más, nos aseguran que “las nuevas generaciones ya no tienen el mismo concepto de privacidad”, sugiriendo con esto que el nuevo concepto es más una renuncia que un aggiornamiento. Así, de a poco, sin darnos cuenta, hemos terminado asociando la privacidad con algo del pasado, como los teléfonos de baquelita y la leche en botella de vidrio. Vamos, ¿cuántos súbitos gurús expulsan a diario la supuesta verdad de que la privacidad es una pieza de museo, un callejón sin salida evolutivo de la civilización? He perdido la cuenta.

No defenderé hoy la privacidad como derecho civil. Ya lo hice en esta columna antes ( www.lanacion.com.ar/1005587 ). Más bien tengo la intención de dejar claro que la privacidad no es algo del pasado. Por el contrario, es algo muy nuevo, que recién empezamos a comprender y disfrutar. Es algo para el futuro.

Sin embargo, el futuro es líquido. Así que la posibilidad de desviar la civilización hacia una distopía al peor estilo Gattaca no queda automáticamente descartada. Como me dijo al respecto Robert Boorstin, director de políticas públicas de Google, hace poco: “No creo que la tecnología por sí sola garantice nada”.

Es muy cierto. Por eso es necesario hablar de estos temas hoy, antes de que pasemos del augurio al decreto y se declare erradicado el derecho constitucional a la privacidad. O, lo que sería todavía peor, que renunciemos a ella.

La privacidad es algo muy reciente; tanto, que durante la mayor parte de nuestra historia no tuvimos nada ni remotamente parecido; tanto, que en algunos idiomas ni siquiera existe la palabra privacidad .

La noche antes de la humanidad

Nuestra especie arrancó su breve y accidentada biografía mucho antes de Giza y Babilonia, mucho antes de que nos atreviéramos a recorrer el Puente de Beringia y llegar a la vasta América. Fueron decenas de miles de años de inconmensurable frugalidad. Nos faltaba, de forma regular, el alimento, el agua potable y el refugio adecuado. Ni hablar de un cuarto de baño para las visitas.

Vivíamos hacinados, más por necesidad que por dichoso espíritu gregario: no resultaba demasiado sagaz apartarse un rato largo del grupo, a menos que tuviéramos la firme intención de que algo nos comiera. En cuyo caso nuestros genes no se perpetuarían, por lo que querer estar con los demás es un rasgo extremadamente poderoso en los seres humanos. Todavía hoy es difícil concebir un castigo peor que el aislamiento absoluto. Hasta para quienes están presos y han perdido el tesoro de la libertad el aislamiento es un escarmiento temible.

Sí, en aquel mundo ido todos sabíamos todo de todos. Posiblemente, además, no había mucho que saber. ¿Por qué?

Porque durante un tiempo que equivale a por lo menos cinco veces la historia escrita, la conciencia individual permaneció demasiado torturada por los exámenes de la supervivencia para darse el lujo de pensar mucho en otras cosas. Todavía no habían nacido ni la ideología ni el anonimato. La privacidad de nuestra conciencia permaneció casi sin estrenar y el yo estuvo en duermevela por varios cientos de siglos.

A solas consigo

Los primeros avances en la privacidad llegan con la agricultura y la sociedad urbana. Como ocurriría más tarde con la escritura, sin embargo, la privacidad no era para todos, sino para los más poderosos.

El resto de nosotros seguía sujeto a los caprichos del clima, los desastres naturales, las pestes, hambrunas, guerras, los alimentos en mal estado y trabajos tan atroces que hoy resultan difíciles de imaginar, excepto que miremos -solemos no mirar- las regiones más castigadas de nuestro planeta.

El habitar más o menos amontonados siguió siendo tan común como la idea de que nuestra conciencia y todos nuestros actos le pertenecían siempre a alguna instancia superior.

Debieron pasar todavía milenios para que cambiara ese estado de cosas. Incluso entre los avanzados atenienses los dones de la democracia y el debate de ideas estaban reservados a unos diez mil ciudadanos de nacimiento. Por debajo sobrevivían un millón de esclavos despojados de todos sus derechos. Se entiende que la privacidad no estaba entre sus principales preocupaciones.

Roma avanzó un poco más en el confort y lo hizo llegar a más gente, pero sólo para aprovechar políticamente la dádiva. El bochornoso Panem et circenses fue uno de los muchos baldones del imperio. El más colosal todavía se yergue imponente y aterrador en el centro de la ciudad de los siete montes.

La privacidad siguió siendo una fruta exótica que sólo probaban los privilegiados, como la lectura, el conocimiento y el debate. En semejante contexto, ¿de qué habría servido el derecho a proteger los actos privados, si las conciencias se manipulaban casi sin oposición?

La revolución mental

En rigor, la privacidad como derecho civil de todos los ciudadanos es obra de un conjunto de tendencias que se dispararon a finales de la Edad Media: el Renacimiento y su antropocentrismo, la imprenta de Gutenberg y, en una época muy parecida a la que vivimos hoy, la imparable multiplicación de fenómenos inéditos: el método científico, el pensamiento libre e individual y una democracia cada vez más representativa. Una democracia, sin embargo, que no concedería a la mujer el derecho de votar hasta bien entrado el siglo XX. Sí, siglo XX.

Es que el mundo era -y sigue siendo- un lugar de vergonzosas injusticias, de crímenes incalificables, de discriminación y tragedia, pero aun así, en comparación con los siglos anteriores, el cambio que se produjo al liberarse el flujo de la información fue abismal. Tan pronto el tímido riego del conocimiento acarició esas tierras desertificadas, una de las primeras hierbas buenas que germinó fue la privacidad.

Que todos fuéramos capaces de pensar como individuos fue la gran revolución mental que vino a continuación. Hasta entonces leer, escribir y pensar había sido tan absurdo como hasta finales del siglo XX lo era que cada persona tuviera una computadora en su casa. O que pudiera publicar sus ideas en una red global.

Por definición, toda revolución parece una herejía justo antes de dispararse, parafraseando a Thomas Huxley.

Las tecnologías que nacieron de las ciencias nos permitieron expandir nuestro espacio privado. Las viviendas podían fabricarse más rápido y a menor costo. Las medicinas empezaron a dar mejor resultado que las sanguijuelas, los sortilegios y las pócimas de mágica promesa, pero dudosa factura.

El mundo que conocemos hoy en buena parte de Occidente, donde es normal que los matrimonios duermen a solas en su propio cuarto, donde nos parece aceptable, incluso loable tener una opinión sobre algo (lo que sea), donde existe la propiedad privada , donde gran parte de la sociedad es consciente de que rige algo llamado ley (o de que no rige en absoluto), este mundo en el que, en general, podemos elegir qué queremos y cuándo lo queremos, donde se considera delito que oigan nuestras conversaciones telefónicas sin autorización de un juez, este mundo no tiene mucho más de 200 años. De la Revolución Francesa para acá, para redondear.

Como dije, y como es por otra parte obvio, aquella colosal revolución mental no fue uniforme en todo el planeta. Persisten atroces focos de feudalismo. La diferencia es que ahora somos conscientes de esto. Cuando hablamos de progreso no nos referimos a autos más rápidos, sino a que los derechos civiles fundamentales lleguen un día a todos los seres humanos. Sé que el camino que queda por transitar es muy largo, pero tal vez lo es menos que el que ya recorrimos.

Tan moderno es el concepto del espacio privado, personal y familiar que no todas las constituciones incluyeron este derecho fundamental en sus textos. La argentina es una honrosa excepción, por la fecha de su primera versión. La estadounidense debió incluir esta garantía en la Cuarta Enmienda (1789).

Eramos tan jóvenes

El razonamiento de que “los más jóvenes no tienen interés en la privacidad” porque suben sus fotos sin escrúpulo a Facebook es tan lábil como malintencionado.

En primer lugar, los chicos (y no pocos adultos) hacen esto precisamente porque quieren compartir parte de su privacidad. No se puede compartir algo que no se tiene, así que el razonamiento antes mencionado naufraga sin remedio. Es justamente porque los chicos son conscientes de la privacidad que suben fotos personales. Es más, la tienen exacerbada, porque están transitando de la niñez, donde casi no se nos reconoce este derecho, a la adultez, donde se vuelve fundamental.

En segundo lugar ( reductio ad absurdum ), supongamos que los jóvenes han perdido el sentido de la privacidad, ¿desde cuándo la civilización consulta las costumbres de los menores de edad para decidir sobre los derechos civiles y el porvenir de la sociedad?

En tercer lugar, por favor, suspendamos esta moda de sacar conclusiones apresuradas sobre los adolescentes. Tengo la impresión (porque lo viví, sólo que hace 35 años) de que son mucho más puros, responsables y valiosos de lo que se dice. Si no es así, tenemos problemas bastante más graves que la privacidad, el calentamiento global y el partido de mañana contra Alemania.

En todo caso, la seguidilla de tropiezos lógicos que acabo de revelar no es casual. Busca que volvamos a ser adolescentes despreocupados, nos olvidemos de esta tontería antediluviana de la privacidad y soltemos uno de los trofeos que más tiempo nos ha costado conquistar: la protección de nuestros datos más íntimos, el espacio propio y de la familia, nuestro anonimato. ¿Para vendernos algo? Oh, no. Eso no sería tan malo. Después de todo, en la panadería del barrio saben desde hace 42 años que no me gusta el pan demasiado cocido.

El motivo es otro. Hoy tenemos más herramientas técnicas que en ninguna otra época para proteger la privacidad. Sí, claro, las tecnologías digitales invaden ese espacio por innumerables frentes. Pero como ocurre en general con los derechos, solemos ceder un poco a cambio de alguna otra ventaja que consideramos de valor. Londres está repleta de cámaras de seguridad, pero los ciudadanos ceden parte de su anonimato a cambio de sentirse más seguros. La tarjeta de crédito, la telefónica, el proveedor de Internet y Google saben muchas cosas de nosotros, pero en todos los casos nos llevamos algo a cambio. Además, su nivel de control es ínfimo comparado con el dominio que obscenamente ostentaron reyes, tiranos, emperadores y señores feudales.

Centrar el conflicto de la privacidad en la zona comercial es peligroso; desvía la mirada del verdadero problema. ¿Cuál? Que la privacidad es un triunfo de la libertad frente a los poderes omnímodos. Es una de las fibras que tejen un mundo mejor para nuestros hijos y nietos.

La tecnología nos ha ayudado una y otra vez en esta conquista, y en gran medida es responsable de que disfrutemos de algunos derechos que durante gran parte de la historia humana ni siquiera se imaginaron.

Es verdad que los autócratas han intentado aprovechar los mismos avances para controlar qué hacemos y qué pensamos, pero siempre terminan a la zaga. Sus propias manías de control los vuelven lentos, torpes, burocráticos dinosaurios en un mundo que cambia con las horas.

La única forma de volver a los buenos viejos tiempos de la Edad Media es que renunciemos graciosamente a este derecho civil que ha tallado algunas de las mejores obras de la civilización.

No creo que eso vaya a ocurrir. Pero depende de nosotros.

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