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Fuente: Bloggers (Rubén Levenberg)

La comunicación unidireccional y verticalista se convierte en “red social” y “comunicación vertical” por el discurso de los encantadores de serpientes.

Alguna vez recordamos en esta columna que el término “redes sociales” es una adaptación de una estructura que existe en el mundo desde que los antepasados del ser humano comenzaron a sumar esfuerzos para repartirse roles, compartir alimentos y calor y ahuyentar a las fieras. Ni Facebook inventó el concepto de sociedad ni Twitter fue el primer nombre de los africanos o nativos americanos que hacían sonar sus tambores para anunciar una tormenta o una sequía.

Pero como la publicidad y la capacidad de imponer agenda que tienen los medios concentrados convierte en nuevo a cualquier cosa, sea vieja o reciente, las redes sociales que utilizan Internet para establecer vínculos entre sus miembros ya son un mito.

Las redes sociales tienen sus diferencias: Las más consolidadas –porque cuesta decirle “antiguo” a algo que no tiene más de cinco años- permiten un intercambio entre individuos, grupos y organizaciones. Hay un acuerdo mutuo y la relación es neuronal.

En cambio Twitter, cuya vigencia crece mucho por uso y mucho por moda, sólo permite que los que unos escuchen a quienes quieran y otros escuchen a otros pero no a los primeros y que los primeros a su vez puedan escribir a quienes quieren pero los segundos no saben si los escucharán o si les podrán hablar. Se trata de un sistema de comunicación unidireccional, similar al que se utiliza en las radios, con emisores que son escuchados –o no- y receptores que sólo pueden ser eso, receptores, salvo que el emisor los autorice a emitir. Verticaliza, organiza el poder según la fama o el prestigio del emisor y brinda pocas garantías sobre la veracidad de lo que comunica.
Para colmo, la gran mayoría de los mensajes que se emiten en Twitter son en realidad reproducciones de lo que generan los medios de comunicación, con trabajos realizados por profesionales.

Lo más simpático de la cuestión es que los habituales encantadores de serpientes, hábiles para captar consignas y repetirlas para traficar dinero o influencias aprovechan estas redes sociales para enfatizar que el periodismo ha muerto y que para comunicar hay que estar en las redes sociales. Es probable que el periodismo se termine más tarde o más temprano, pero los encantadores de serpientes, como las cucarachas, nos sobrevivirán a todos.
rubenl@bloggers.com.ar