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Fuente: DiagonalWeb

ANÁLISIS: MEMORIA Y OBSOLESCENCIA DE LOS NUEVOS SOPORTES TECNOLÓGICOS
Para el autor, lo que ha cambiado no es el olvido y la destrucción, algo que siempre ha existido, sino los actores que los controlan.
SIMONE SANTINI / Profesor de informática de la Universidad Autónoma de Madrid
Lunes 28 de marzo de 2011.  Número 146

No soy un coleccionista de libros antiguos, pero tengo en mi biblioteca algunos libros impresos hacia la mitad del siglo XIX. Después de 150 años desde su impresión, cualquiera puede leerlos sin el menor problema, incluso las notas al margen que manos desconocidas han dejado en este siglo y medio. Por otro lado, tengo en casa algunos discos floppy de 5 pulgadas y media con algunos de los primeros programas que escribí durante la carrera. Casi 20 años después de su escritura, me resulta imposible leer estos programas. Por falta de dispositivos que puedan leer los discos, y por el natural desgaste del soporte magnético, es como si no hubieran existido nunca. Otros programas están, por el momento, a salvo en CD y pen drives, pero ya sé que las leyes de la mecánica cuántica harán que en 50 años todos estos datos desaparezcan. En la era de la informática (lo declaró en una entrevista el director de cine Jean-Claude Carrière) no hay nada más efímero que un soporte permanente.

Por primera vez en 3.000 años, la mayor parte de la producción cultural de nuestra época se ve entregada a soportes con una vida muy limitada, ya sea por la obsolescencia intrínseca de estos medios, ya sea porque los cambios impuestos a la informática están transformando todos nuestros estándares en lenguas muertas en el plazo de pocos años. ¿Cuáles serán las consecuencias culturales y sociales de este proceso de desaparición, de este olvido forzoso?

Hay que poner la cosa en perspectiva. La inestabilidad de la memoria colectiva no es algo nuevo, ni mucho menos. Hasta el siglo XX, la memoria se entregaba a libros y documentos escritos que, si bien en principio son más duraderos que los soportes informáticos, no ofrecían garantía de durabilidad. En la antigüedad y en la época medieval, los frecuentes incendios de bibliotecas causaron pérdidas masivas de libros y documentos, a veces de manera definitiva. La censura también ha hecho estragos, y hoy casi todo lo que sabemos sobre los estoicos nos llega a través de Sextus Empiricos, que escribía para refutarlos.

El olvido, casual o intencional, también sirve para forjar una cultura, aun si a veces una cultura intolerante es culpable de tragedias como la desaparición completa de los escritos Maya y Azteca. El problema es el ritmo de la destrucción. Miles de copias de libros antiguos se han quemado en las biblioteca medievales, pero a un ritmo bastante lento como para permitir que nuevas copias aparecieran. Libros que habían desaparecido de la Cristiandad han sido preservados por la obra independiente de los copistas árabes, y viceversa. Pero no está claro que una cultura como la nuestra, que produce una cantidad inmensa de información y que la destruye en pocas décadas, tendrá el tiempo de filtrar adecuadamente, de establecer lo que merece la pena preservar. Lo que está cambiando en nuestra época no son el olvido y la destrucción (que siempre han existido), sino los actores que los controlan.

Sólo pocas empresas hoy tienen el dinero y el interés para mantener operativos los pocos aparatos que pueden leer una cinta de ordenador grabada hace 50 años y, con el control cada vez más estricto de los formatos de datos y su siempre más rápida obsolescencia, la situación empeorará. En el momento en que sólo Adobe u Oracle puedan leer el corpus completo de las leyes de un Estado, ¿quién detendrá el poder efectivo? ¿Si los libros se publicarán sólo en versión electrónica, quién controlará su permanencia en la memoria colectiva? Si los libros se encuentran en una situación difícil, mucho peor es la situación de todos esos documentos menores, que muchas veces son esenciales para la recuperación de la memoria.

Mucha de la información que nos llega y que constituye nuestra memoria colectiva se encuentra en documentos secundarios no destinados explícitamente a la conservación, que han conseguido de alguna manera evitar la destrucción. ¿Conseguirá nuestra época preservar esta información banal pero imprescindible? En su libro Diario mínimo, Umberto Eco imagina un antropólogo del futuro que consigue encontrar unos pocos documentos de nuestra época: se trata de algunas líneas de canciones pop. Por falta de información de contexto, el antropólogo construye una imagen completamente falsa (y muy divertida) de la época, interpretando las canciones como descripciones exactas del mundo actual.

Si los documentos banales desaparecen por obsolescencia precoz, y sólo algunos documentos cuidadosamente seleccionados permanecen, el escenario que plantea Eco podría ser el destino histórico del siglo XXI. Quien selecciona los documentos podrá decidir la imagen de nuestra época que pasará a las generaciones futuras. Como escribió Orwell en 1984: “Quien controla el pasado controla el futuro, y quien controla el presente controla el pasado”.