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Fuente: Bitelia

Planificamos porque nos gusta pensar que tenemos el control. Sin embargo, es posible que pasar tanto tiempo con tu lista de tareas sea precisamente lo que te impide avanzar.

Hacer planes, listas de tareas y calendarios nos genera una sensación de tenerlo todo bajo control, a pesar de que, como dijera Allen Saunders o John Lennon, la vida es eso que sucede mientras hacemos planes. Si bien puede ser positivo tener nuestras tareas en orden, saber a ciencia cierta cuáles son nuestros compromisos y fechas límite, también es importante mantener las cosas en movimiento y asegurarnos de que no caemos en la tentación de la planificación excesiva.

La etapa de la planificación es una zona de confort, puesto que, psicológicamente, tenemos la idea de que mientras más planificamos, mejor preparados estaremos al momento en que las cosas sucedan. Esta creencia, por una parte, puede ser peligrosa, ya que nos hace perder la flexibilidad para adaptarnos en caso de que surjan cambios o novedades (es imposible estar preparados para absolutamente todos los escenarios) y por otra parte, puede llevarnos a confundir procrastinación con planificación: si pasamos más tiempo buscando la app perfecta para hacer nuestra lista de tareas que el que necesitaríamos para llevar a cabo las tareas en sí mismas, es evidente que el uso que estamos haciendo de nuestros recursos es menos que idóneo.

¿Por qué planificamos en exceso?

La principal razón para dejarnos llevar por el impulso de planificar más de la cuenta suele ser el miedo: como dije antes, mientras más detallado el plan, más nos hace sentir que estamos en control de la situación. Lo primero, entonces, es entender que esto es una ilusión: nunca podremos controlar todos y cada uno de los detalles posibles.

Aunado a esto, algunos de nosotros disfrutamos el proceso de planificar (ya sea buscar la aplicación perfecta o abastecernos de artículos de oficina: en lo personal, confieso que tengo muchos más post-its de los que necesito). El problema es que, dado que planificar pareciera ser una actividad productiva, termina convirtiéndose en una forma de dar rienda suelta a nuestros impulsos procrastinadores.

Por último, el miedo al fracaso puede hacer que nos quedemos atorados para siempre en la fase de planificación y no pasemos nunca a la de ejecución, ya que estamos muy conscientes de que no podemos fracasar en aquello que nunca llegamos a hacer, pero el acto de continuar planificando nos hace sentir como si estuviéramos haciendo algo (en contraposición a simplemente abandonar el proyecto o darnos por vencidos, que puede requerir muchísima mayor fuerza de voluntad).

¿Cómo evitar el exceso de planificación?

  • Aprende a reconocer cuándo te has preparado lo suficiente: La idea no es que te lances de cabeza sin ningún tipo de preparación, pero la mayoría de las veces un esquema general de las cosas (algunos objetivos, prioridades y siguientes acciones definidas) es más que suficiente.
  • Deja espacio para los imprevistos: A veces, las mejores cosas de la vida surgen de oportunidades disfrazadas como problemas. Recuerda el proverbio chino: “Sé flexible como el bambú que se dobla pero no se parte”.
  • Acepta que es imposible planificarlo todo, y que será necesario ajustar la ruta a medida que avances: Trabaja en tu habilidad para improvisar, porque la vida siempre te arrojará cosas nuevas, y un plan demasiado rígido en los detalles sólo se volverá inservible apenas ocurra el más mínimo cambio.
  • Mantente en movimiento: Si permaneces avanzando, el trabajo mismo irá llenando los detalles de ese plan. En cambio, si no actúas, no importa cuán elaborado sea tu plan, son sólo líneas sobre un papel. No existe tal cosa como el plan perfecto; el mejor plan es el que te permite ponerte en acción lo antes posible.