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Fuente: Monkeyzen

La semana pasada trajimos algunos consejos útiles para lograr una mañana productiva, incluso a pesar de la espantosa resaca. Hoy, continuamos explotando los malos hábitos y nos centramos en la tentación de posponer ciertas obligaciones. La palabra procrastinar me molesta, porque no parece de este idioma. Prefiero el sintagma perder el tiempo, o hablar de postergar tareas. Sin embargo, visto desde cierta perspectiva, el acto de aplazar puede no representar tantas pérdidas: se puede sacar partido de la procrastinación.

Porque, aunque el sintagma sea bonito, el tiempo no se pierde nunca, sigue su curso de todos modos, no retrocede. Lo que hagamos con él es cosa nuestra. El problema es que a veces dejamos que la pereza inmóvil nos invada y pasamos minutos, horas, mitades de días, contemplando la pantalla, saltando de una ventana a otra, comentando fotos y posts que en el fondo no nos interesan tanto. O haciendo lo propio (es decir, nada) en el terreno de lo tangible. Todo eso sin que el tiempo deje de transcurrir. De manera que los perdidos somos nosotros, porque al tiempo nuestros vicios lo tienen sin cuidado.

Hay miles de artículos en la red, incluso blogs exclusivamente dedicados a hablar de cómo evitar la procrastinación, posts como este, que también podemos consultar cuando hayamos amanecido procrastinantes, y no sólo para salvarnos, sino para echarle más leña al fuego de la omisión. Todos los días, algunos más, otros menos, empleamos el tiempo de formas que, para efectos de la productividad (otro concepto espinoso), pueden pecar de inapropiadas.

Sin embargo, el ocio hipnótico frente a la pantalla, ese que nos distrae de las labores obligatorias, tiene una cara amable, un lado que, con un poco de maña, podemos hacer parecer conveniente. Si no fuera así, la práctica no estaría tan arraigada en nosotros. Por eso, a continuación, un método en 5 pasos, por si te interesa sacarle partido a la procrastinación. No te garantizo que funcione, y ni siquiera creo en las recetas para solucionar problemas. Total, si lo intentas, lo único que puedes perder es tiempo, y de todos modos, al leer este post, ya estás posponiendo tu trabajo, ¿no?

  1. Diviértete. No aplazamos por perversidad sino porque preferimos hacer otras cosas. Procrastinar es formar parte de un ritual individual zombi, de una inercia ineludible y evasiva. Pero, cuando contestamos comentarios ociosos y vemos videos absurdos, estamos consintiendo nuestro capricho, lo cual puede ser entendido como un acto de amor propio. Si generamos tuits inútles es porque Twitter nos gusta, ¿cierto? Entonces, ya encarrerado en la mala conducta, no te atormentes: por lo menos trata de pasarlo bien.
  2. Interpreta. Lo pondré en términos contemplativos: tu procrastinación te habla. Si estás tan desconcertado, tal vez la idea en que trabajas no es la mejor, tal vez creíste que podías desarrollarla y te falta investigar un poco antes de continuar. Lo bueno del tiempo mal invertido es que puede tomarse como una pequeña revelación que, con suerte, te servirá para probar con otro enfoque. A veces es interesante preguntarse: ¿qué me tiene inmóvil y por qué hago todo menos trabajar? Tomar algunas notas al respecto tal vez implique continuar con la procrastinación, porque tienes objetivos que cumplir, pero por lo menos te quedará la ilusión de haber entendido un poco tu propia conducta.
  3. Delega. A veces postergamos porque detestamos determinada actividad. ¿Existe la posibilidad de que alguien más la realice por ti, de intercambiar labores con algún compañero mediante un trato justo y conveniente para ambos (en caso de que tal cosa exista)? Si es así, ni te las pienses. Si no, ni hablar, saca el trabajo cuanto antes. Y procura no volverte a enfrascar en el mismo viacrucis.
  4. Detente. Si llegaste tarde a una reunión importante por jugar en línea o ver GIFs de gatos, entonces es hora de que te replantees el hábito de bobear. Otra de las ventajas de aplazar: aunque cueste tanto trabajo, siempre es posible detenerse. ¿Y cómo detenerse? Cambia de actividad. Intenta caminar un poco, tal vez tomar una siesta, adelanta tu hora de comida. Despeja la mente y procura volver con la voluntad menos maltrecha.
  5. Enumera. Haz una lista. Tienes cosas que hacer, cosas que elegiste hacer porque trabajas en lo que decidiste trabajar, y aun así estás dejando que el tiempo se te escape. ¿Qué tal si piensas un poco en las cosas que te gustaría estar haciendo, en lugar de hacer como que trabajas en tal o cual proyecto? Propongo una lista con esas ideas. Quién quita y de entre todo ese vomitadero sale algo interesante, un proyecto más atractivo y más como para ti. Nunca se sabe. Las listas, por otra parte, son liberadoras, fuentes de desahogo, y nos hacen sentir que estamos un poco en orden, aunque sea mentira.

Procrastinamos por vicio, pero a veces también porque nos falta convicción. Entonces, ya que los malos hábitos no se superan de la noche a la mañana, por lo menos tratemos de amistarnos un poco con algunos de ellos.